En República Dominicana, llegar a la tercera edad se ha convertido, para muchos, en una condena al abandono. Miles de adultos mayores viven en la pobreza, sin una pensión digna y dependiendo de la solidaridad de sus familiares o vecinos para poder comer y comprar sus medicamentos.
Mientras el Gobierno anuncia programas sociales y cifras optimistas, la realidad que denuncian numerosas familias es muy distinta. Muchos envejecientes siguen esperando una ayuda que nunca llega, mientras las necesidades aumentan cada día. Existe la percepción de que los programas de asistencia no alcanzan a una parte importante de quienes los necesitan, dejando a miles de personas fuera de esos beneficios.
No se puede construir un país justo cuando quienes trabajaron durante décadas terminan olvidados, sin seguridad económica y sin garantías para vivir con dignidad. La vejez no puede convertirse en una sentencia de hambre ni en un problema que el Estado ignore.
Los adultos mayores no necesitan más campañas publicitarias ni promesas. Necesitan políticas públicas eficaces, pensiones dignas y una protección social que realmente llegue a quienes más la necesitan. La forma en que una nación trata a sus envejecientes refleja el verdadero compromiso de sus gobernantes con la justicia y la dignidad humana.

